Centroamérica

Reseña de ‘Judas y el mesías negro’: la fatalidad del traidor y el traicionado

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Contar una historia sobre la traición siempre ha sido particularmente complejo: ¿qué lleva a alguien a vender a sus pares? ¿Cómo se convierte un traidor? ¿Existe un perfil, un tipo de vida que inevitablemente empuja hacia la infidelidad? Las razones —esas falsas esperanzas de sumar factores para obtener un resultado— pueden ser tan eludibles como fascinantes, tanto así que el clímax de la historia más veces contada en la cultura occidental lo detona la traición de un discípulo.

No obstante, es más sencillo —aunque más perezoso, también— divisarla cuando el premio de la traición es tangible: dinero, bienes, jefaturas, etc., sin embargo, ¿qué pasa cuando lo único que se tiene como fin es la autopreservación en su estado más literal: la de preservar una vida sobre las otras? O más complicado, aún: cuando ese deseo de autopreservarse viene de un individuo inidentificable ya no solo en el espectro político, sino en el compás moral, que es, además, la víctima de un sistema que predica el aislamiento. Ese es el dilema incrustado en Judas y el mesías negro, el nuevo filme de Shaka King que llega este jueves a salas costarricenses. 

Este drama histórico se basa en los últimos meses de vida de Fred Hampton (Daniel Kaluuya), presidente de la sección de Illinois del Partido Pantera Negra en Chicago a fines de los sesentas, una organización socialista y revolucionaria. Para el jefe del FBI, J. Edgar Roover (Martin Sheen), Hampton es el posible mesías negro que vendrá a destruir el estilo de vida americana, incluso lo categoriza como una amenaza mayor que los soviéticos. Para detenerlo, el agente Roy Mitchell tiene bajo la manga a Bill O’Neal (Lakeith Stanfield), un joven que atraparon robando carros con una placa falsa del FBI. El trabajo de Bill será infiltrarse en las Panteras para dar información que conlleve a la caída de Hampton. 

“¿Te molestó cuando mataron a Martín Luther King?” le pregunta Mitchell a Bill durante su reclutamiento. Este le contesta que no piensa mucho en ello. Bill es un chico de 19 años que no se identifica con nadie, sus ideales nunca son claros y lo único que da por cierto es que una placa del FBI asusta más que un arma. 

Esta tibieza de Bill es la constante de la película: conforme se adentra en los rangos de las Panteras negras empatiza cada vez más con sus ideales, sin embargo, su lealtad con Mitchell no merma. En cierto sentido, admira Hampton y a Mitchell y se siente parte de ambos. Incluso en la única entrevista que O’neal dio en su vida —para el documental Eyes on the Prize II, la cual King incluye dentro de su película— habla de “nosotros” cuando se refiere tanto a Las Panteras como al FBI y llega a llamar a Mitchell su “modelo a seguir”, aun cuando hacia el clímax las palabras del oficial son más una amenaza que un favor. 

Fred Hampton es su contraparte: un caudillo con norte claro, sobre su espalda reposa la fe de todos los que creyeron en las Panteras negras y, a diferencia de Bill, que usa su carisma para zafarse de problemas, el encanto de Fred está en inspirar a sus pares. Dicho diferente, Fred está dispuesto a morir por otros y Bill a que otros mueran por él. 

Sin embargo, una decisión tan extrema como el sacrificio propio y el de los demás no se toma sin dejar una marca. King está interesado en el mesías y en el Judas, hijos de su época, probablemente criados en las mismas calles y destinados a una fatalidad en conjunto. 

Con seis nominaciones en los premios Óscar, Judas y el mesías negros es una de las imperdibles de esta temporada de premios. Si bien siempre han existido esfuerzos cinematográficos por arrojar luz sobre la histórica disparidad racial, el auge de los movimientos sociales y sus vocales exigencias le han dado un puesto merecido al filme de King en el menú mainstream

Judas y el mesías negro funciona como pornografía revolucionara —los energizantes discursos de Hampton liberarán las endorfinas contraculutrales sin levantarse de la butaca, lo cual no deja de ser irónico— y como una exploración válida entre las luces y sombras del complejo de Judas. 

 

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