Centroamérica

Patricia Velásquez y la preservación de lo efímero

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En Mi Vida, cuando nos narra sobre sus experiencias como joven maestra, Isadora Duncan critica lo que a sus ojos era la “rígida y vulgar gimnasia que llamaban danza”, y cómo esta rigidez sólo perturbaba sus sueños. “Yo soñaba con una danza diferente” —dice—. “No sabía exactamente lo que sería, pero me estaba sintiendo atraída hacia un mundo invisible, al que adiviné que podría entrar si encontraba la llave.”

Haber encontrado la llave fue lo que la convirtió en una de las más célebres pioneras de un nuevo campo artístico, antes inexplorado, y éste mismo espíritu de búsqueda es el que aún late bajo la piel de lo que hoy conocemos como danza contemporánea, siempre innovadora y rebelde, en lo que el famoso bailarín costarricense Rogelio López considera “una rebelión necesaria”. Así es su esencia e historia, y tiene sentido que se la llame contemporánea cuando vemos cuánta fuerza ha cobrado en nuestros tiempos, donde cada vez prevalece más el rechazo a las verdades absolutas y a las ideologías inamovibles.

Ahora, la historia de cómo esta misteriosa forma de arte nació y creció en nuestro país nos es contada, de primera mano, por las personas que estuvieron allí para escribirla. Se trata de Contemporáneos, una serie documental de seis breves episodios sobre el origen del movimiento, y el auge de grandes artistas como Mireya Barboza, Cristina Gigirey, Elena Gutiérrez, Nandayure Harley, Mimí González, entre muchas más personas que, a lo largo del siglo XX, principalmente durante su segunda mitad, no sólo encontraron la llave de su propio arte, sino que crearon las instituciones para resguardarlo, y que se mantienen hasta hoy.

Detrás de este proyecto está la cineasta Patricia Velásquez, consagrada por una filmografía que incluye largometrajes galardonados como Dos Aguas, La Sombra del Naranjo y Apego, así como la serie documental Algunos Lugares, sobre el trabajo de grandes poetas nacionales. Ahora, en su recién estrenada Contemporáneos, Patricia aborda un conmovedor e importante episodio en nuestra historia artística, sobre un movimiento que, podríamos decir, creció de forma paralela con ella.

Imagen cortesía de la productora Tiempo Líquido.

—Es una época que no viví —me cuenta Patricia, cuando hablamos sobre aquellos años—. Nací a finales de los setenta, pero creo que es una época encantadora, y siempre me ha gustado mucho a nivel estético. A mí me tocó crecer en una época donde, más bien, todo el mundo estaba desesperanzado, sintiendo que los movimientos fracasaron y todo salió mal. A veces siento que nos hace falta recuperar un poco de eso, y creo que ahora está surgiendo de nuevo, que después de tantas crisis, la gente más joven está retomando los movimientos y dándoles una nueva vida.

Mientras hablamos sobre esto, Patricia cuenta que, a su parecer, Contemporáneos cayó en muy buen momento, porque nos permite la oportunidad de mirar hacia atrás y ver cómo ahora gozamos de los frutos de muchos años de esfuerzo, al mismo tiempo que nos invita a reflexionar sobre qué significa que ahora se esté recortando el apoyo al sector artístico y cultural.

—A mí me interesa mucho el tema de la memoria histórica —dice Patricia—, creo que, además, por los tiempos que vivimos, cada vez más acelerados y donde todo parece borrarse más rápido, es bueno sentarse y repensar, y volver a sacar ese trabajo que hizo la gente antes, que nos ha dado los insumos para crear desde otro lugar y desde otras estéticas.

Y también tiene mucho en común con el origen de la danza contemporánea, ¿verdad? Porque es justamente esto de romper el molde y buscar una liberación de las restricciones, o más bien, de las limitaciones sociales

—Sí, ahí hay que entender dos cosas, porque si uno se sienta a ver las obras y coreografías que se montaban entonces, vemos que estaban muy enraizadas en su época, y eran coreografías que tenían que ver con los movimientos sociales de esos años. Ahí empieza esto, con puestas en escena mucho más narrativas, y es más bien como en los ochenta que se da esa ruptura, siendo ya como danza contemporánea, donde no hay un texto tan necesariamente claro y lineal, sino donde las puestas pueden tener muchísimas interpretaciones y lecturas, más adentradas en cuestiones existenciales.

—¿Cuál fue su interés personal en explorar la historia de la danza contemporánea en Costa Rica?

—Siempre me ha gustado mucho la danza, y siempre me ha llamado la atención que en otros países de Latinoamérica se desarrolló más el ballet, pero acá fue la danza contemporánea. Quería saber por qué. Creo, luego de haber investigado, que tiene que ver con que la gente que más peleó para crear los grupos e instituciones eran los que querían hacer danza moderna; si hubieran hecho ballet, probablemente habrían peleado porque hubiera una Compañía Nacional de Ballet, pero no sucedió. Por otro lado, también creo que hay una cuestión idiosincrática. Siento que, en general, los ticos no somos tan rígidos, o no sé si “rígidos” sea la palabra, pero siento que hay algo de esa libertad que, en general, tenemos los ticos y que en otros países es muy distinto. Nosotros somos latinos, una mezcla de indígenas, negros, chinos, de todo, entonces creo que eso contribuyó a que el movimiento se haya desarrollado, porque también fue como una ruptura a todas estas cuestiones de que los cuerpos tienen que ser de cierta manera.

Imagen cortesía de la productora Tiempo Líquido.

¿Le gustaría explorar otras artes como documental en el futuro?

—Pues sí. Nosotros ya habíamos hecho una serie sobre poetas: Algunos Lugares, porque la poesía me gusta mucho. Podría hacer uno sobre las artes visuales, o los escritores en general. Aunque no sé, porque en este momento los proyectos que siguen son más de ficción, pero sí me interesa mucho seguir, en algún momento, documentando el trabajo de otras personas. Siento que es importante visibilizar el trabajo que se hace acá, porque es un país muy prolífico, y hay cualquier cantidad de músicos, artistas visuales, escultores, ilustradores, diseñadores, animadores, artesanos, gente que está haciendo videojuegos y así, de todo, hay una creación artística de verdad muy fuerte, y es muy interesante para un país tan pequeño, uno dice “¡Wow! ¿Qué pasó aquí?”.

¿Le parece que Costa Rica ha alcanzado un lugar de reconocimiento mundial en las artes, o cree que aún nos falta?

—No sé, es como raro decir “Costa Rica”, porque siento que hay muchos esfuerzos individuales, artistas que han sido más apoyados por el Estado, mientras que hay muchos otros que no; por ejemplo, de pronto se me viene a la cabeza una Chavela Vargas. Pero no sé, creo que hay algo en el país que ayuda y fomenta la creación, pero siento que no tenemos grandes herramientas de distribución. Y lo otro es que, como con las artes en general, la mayoría de nosotros hace arte en el tiempo libre, así que tenemos que trabajar en otra cosa para poder sobrevivir, y creo que eso también hace que sea difícil tener una carrera sostenida; si un escritor tiene que escribir una novela únicamente en las noches o en los ratitos que le quedan, obviamente su obra va a ser más difícil. En fin, es una pregunta compleja, pero sí creo que gracias al Internet y a las redes ha habido una democratización de la cultura, y cada vez hay más posibilidades de conectarse con otras personas, ya sea el curador de un museo, o el programador de un festival de cine. Hay más posibilidades de relacionarse y no ser como antes, cuando lo que tenían que hacer los artistas era salir del país; creo que ahora ya no tanto.

Ahorita hablábamos de Algunos Lugares, ¿hay más similitudes o más diferencias entre la poesía y la danza?

—Es una gran pregunta, y creo que no es casual que las dos series que hemos hecho, una sea de poesía y otra de danza. Para mí la poesía es algo, en general, muy metafórico, son imágenes que están sucediendo en nuestra cabeza a partir de palabras, y creo que en la danza sucede lo mismo, sobre todo en la danza contemporánea. Está lo que te propone el autor o autora, pero también está lo que yo elaboro, y hay una correlación entre estas dos cosas que, juntas, se transforman en la obra. Probablemente si yo leo un texto de María Montero, para mí tendrá un significado y para vos otro, aunque sea el mismo texto, y creo que eso también pasa con la danza: de una vez te genera una imagen, una sensación, como que va directo a las entrañas. Es algo que no me sucede con el teatro, o la novela, o el cine narrativo, porque ahí estás escuchando algo que está más direccionado hacia una sensación o un estado anímico, o más a lo intelectual y a la racionalización. Siento que en el caso de la poesía y la danza va más directo al cuerpo, es algo que te lo sentís… no sé, en el estómago. La gente dice corazón, pero yo casi siempre siento todo en el estómago.

Imagen cortesía de la productora Tiempo Líquido.

Creo que Rogelio López lo dijo en el documental de una manera similar, como que el espectáculo de la danza es sobre lo que nosotros vemos, no sobre lo que el coreógrafo quiere que veamos.

—Ajá, y eso también es súper interesante: es algo efímero. En el caso de la danza —que ahí es distinto de la poesía—, es algo que pasa en un momento, y uno tiene la dicha de estar viéndolo; pero verlo en video, aunque lindo, no es lo mismo que estar ahí. Hemos registrado mucha danza y teatro a través de los años, y me ha pasado que cuando estoy editando digo: “¡Qué impresionante, no siento lo mismo que sentí cuando lo estaba grabando!”.

Es hermoso y triste a la vez que cada obra que se hace es un centelleo efímero, como ver fuegos artificiales en vivo versus una grabación o una foto.

—Sí, es como las fotos, como cuando vas a un lugar y tratás de capturarlo con fotos, pero esa foto jamás va a expresar lo que estás sintiendo y viviendo en el momento. La foto ayuda a evocar, pero sí, es algo efímero, y creo que, históricamente, la humanidad ha intentado capturar el tiempo de todas las formas posibles, pero el tiempo es imposible de capturar, por más que se intente, ya sea tomando una foto, o haciendo un documental, lo que sea. Eso ya no está más ahí.

A partir de esto, Patricia y yo hablamos sobre cómo los seres humanos hemos hecho arte y narrado historias por el mismo motivo que hemos hecho relojes: Nuestra preocupación por el paso del tiempo y la consciencia de la propia mortalidad.

—Es muy loco —dice Patricia—, porque si se piensa así, desde los inicios de los tiempos la gente ya buscaba narrar algo, decir algo, comunicar algo; es impresionante, y más ahora que uno pasa viendo tantas cosas en Netflix u otras plataformas. A mí no deja de sorprenderme la cantidad de contenido que hay, llámese arte o no, pero esa necesidad de estar inventando historias siempre, y que a veces lo damos como por un hecho; es como de esas cosas que todo el mundo sabe, pero que, a la hora de pelear por presupuesto a nivel legislativo, ahí como que se les olvida, como que todo el mundo tiene esta necesidad de consumir arte, pero a la gente se le olvida. Si pensás en el dentista, a todo mundo le parece importantísimo el dentista, o el médico, el abogado, el contador, o el que repara los zapatos, pero como que nadie piensa que también es importantísimo el artista, porque si no hubiera arte la vida carecería absolutamente de sentido, y no puede ser que la vida sea sólo trabajar y trabajar, casarse, reproducirse, y morir. ¡Es terrible!

Imagen cortesía de la productora Tiempo Líquido.

La gente tiene esta idea muy romántica de que el artista es el creador bohemio, que no se interesa en el dinero, al que le gusta vivir en una buhardilla y morir de hambre, y tal vez por eso no haya tanto interés en el apoyo a la creación artística.

—Sí, o también se han acostumbrado a creer que es algo que muchas veces les llega gratis, en forma de festivales o lo que sea… Pero bueno, ni modo.

Una cosa que también me encantó del documental es ver el rol histórico tan importante que han jugado las mujeres, incluso desde el principio, si partimos desde Isadora Duncan o Martha Graham; pero sobre todo aquí en Costa Rica. Gracias al documental, aprendí sobre Mireya Barboza, Margarita Esquivel, Margarita Bertheau, Elena Gutiérrez, Cristina Gigirey, Nanyadure Harley

—Sí, eso es muy interesante, porque además eso no pasa sólo en la danza. O sea, uno pensaría que sí, porque históricamente han sido más censurados los hombres que se dedican a la danza, ya que asocian que si es bailarín, sí o sí, es gay, lo cual, ultimadamente, diay… ¿Qué importa? Pero como estaba ese estigma, menos hombres se han dedicado a la danza. Pero, por ejemplo, si ves el caso del cine, la que peleó y movió cielo y tierra para que hubiera un Centro de Cine también fue una mujer, Kitico Moreno, y así ha pasado prácticamente en todo, la misma Carmen Naranjo. Eso es una gran idea para otra serie.

¿Habrá un vínculo entre la búsqueda de liberación de la danza contemporánea con la búsqueda de liberación por la que las mujeres han luchado durante siglos?

—Puede ser. Tal vez haya algo de eso, pero creo que esa es una forma romántica de verlo. Lo que creo, y también me lo decía Nandayure, es que las mamás y los papás suelen meter a sus hijas desde pequeñitas a ballet, porque es “muy bonito”, casi como una cuestión de feminidad, como que la niña de cuatro o cinco años va a la clase de ballet, y si al chiquito le interesa el arte, lo meten en violín o en piano. Pero lo que sucede después, es que muchas de esas niñas quieren ser bailarinas, y después ya a los papás no les hace nada de gracia, sean hombres o mujeres. Y eso es vacilón, porque todos mis amigos bailarines que han visto el documental me han dicho: “¡Eso sí que es cierto!”, que es un comentario que hace Nanda en el episodio de Danza UNA: Nadie quiere que los hijos sean bailarines, porque se van a morir de hambre. La misma Cristina Gigirey, que a mí me parece impresionante, una gran bailarina, cuando fue a la universidad la obligaron a estudiar Derecho, porque tenía que estudiar otra cosa, y por eso estudió Derecho, Música y Danza.

Vamos a lo mismo, esa relación de amor y odio entre la sociedad y el arte, como: “Sí, nos gusta, pero no confiamos en que puedan vivir de eso”.

—Ajá, como: “Muy bonito, pero eso es sólo un hobby”. Igual en cine, aunque, claro, en otros países no; por ejemplo, si estás en Hollywood y trabajas en cine, es muy bien visto, porque también es una carrera muy lucrativa. Pero acá, yo creo que no. Es raro, creo que eso pasa con todas las artes, y es como una relación esquizofrénica. Por un lado, todo el mundo es como “¡Wow, cineasta!”. A mí, en el chat de mis ex compañeros de colegio, todo el tiempo me pasan piropeando y diciendo cosas bonitas, pero por otro lado, estoy segura de que también piensan: “¡Qué loca!”.

Imagen cortesía de la productora Tiempo Líquido.

Leí una entrevista que hizo sobre Apego, donde decía que le gustaba jugar con las contradicciones. Cuando vi los episodios de Danza UNA, sobre todo el paso de Danzacor a Danza Universitaria, y vi cómo estos jóvenes que iniciaron casi como mochileros, se convirtieron en profesores y directores, y cómo esta danza contemporánea pasa a ser una carrera. Me pregunto, ¿hay algún borde entre la libertad de la danza y la academia? ¿O se perderá un poco esa libertad?

—Sí, imagino que sí. Creo que siempre que algo se institucionaliza, de alguna forma ya tiene que empezar a seguir unas reglas. Debe haber sido distinto como Danzacor, con toda la libertad que tenía, al momento en que pasa a ser la Compañía de la U; también porque no es la misma universidad, ni tampoco es el mismo país. Quiero decir, en este momento las políticas públicas y todo el tema de modelo socioeconómico es totalmente distinto, y creo que eso, sin lugar a dudas, ha atravesado a las universidades; entonces como que la inversión en cultura y en arte cada vez empieza a ser más cuestionada desde todos los lugares, como: “Sí, bueno, pero ¿Para qué estamos metiendo tanta plata en esto?”. Y creo que eso definitivamente tiene que haber afectado a la compañía; como te digo, en los setentas y ochentas no tanto, pero con el pasar de los años, me imagino que sí. Pero a ver… Es cierto, no es la misma libertad; pero si vos bailás en una compañía como la Compañía Nacional de Danza, o la Danza Universitaria, sos un bailarín que tiene la posibilidad de entrenar todos los días, ocho horas; están ejercitando el cuerpo todo el tiempo, y por eso te encontrás con bailarines bellísimos, como Wendy Chinchilla, que ha logrado desarrollar su cuerpo  y llegado a bailar de forma maravillosa; versus bailarines que tienen que trabajar en otra cosa y sólo les queda tiempo para entrenar o ensayar unas cuantas horas al día. Entonces, estas compañías dan la posibilidad de que la gente tenga un salario por estar haciendo lo que quieren hacer, que no tengan preocupaciones por estar pensando en otras cosas, y que puedan estar dedicados a su trabajo, que es la danza. Y por otra parte, tampoco siento que haya una línea, ni creo que tampoco le interese mucho ni al presidente, ni a ningún ministro o diputado decirles: “Mira, quiero que me hagas una coreografía sobre el bicentenario”. Siento que son compañías que han logrado una gran libertad, así que la institucionalización de la danza no ha sido tan grave, más bien ha sido una posibilidad de que muchos bailarines se puedan desarrollar y que puedan dedicarse a ello tiempo completo.

Más bien ha sido liberador, en ese sentido.

—Exacto. Porque sí, yo no creo que uno pueda trabajar mejor y ser más creativo si está muerto de hambre, o si está deprimido. Creo que quienes han logrado hacer grandes obras lo han hecho a pesar de, porque eran personas geniales, pero sí creo que un buen trabajo se consigue trabajando mucho, y para poder trabajar mucho, necesitas tiempo.

En el conversatorio que se hizo Museo del Arte: La Danza en el Arte Costarricense, me llamó la atención cuando se explicó que uno de los precursores de la danza contemporánea aquí en Costa Rica fueron las artes plásticas, con las ilustraciones en los años treinta y cuarenta, y me pareció muy linda esta conversación entre la danza y otras artes y disciplinas. Si lo vemos a la inversa, ¿Qué pueden aprender las artes en general, y el cine en particular, de la danza contemporánea?

—Bueno, creo que un montón. Nada más quería meter un paréntesis sobre algo que no incluí en el documental, pero que sí ayudó mucho: En esa época, el cineasta Oscar Castillo tenía, junto con Nico Baker, una empresa llamada Conciertos Internacionales, y traían un montón de espectáculos, no sólo conciertos, sino también traían grandes compañías de danza, y eso fue un gran impulso a la danza en el país, porque Castillo no sólo trajo estas compañías sino que les consiguió becas a algunos bailarines para que se fueran a bailar con ellas en sus giras, como a Nandayure o a Sol Carballo; no mucha gente lo sabe, pero creo que es bonito decirlo. Y sobre tu pregunta de qué puede tomar el audiovisual de la danza, bueno, creo que mucho, porque el audiovisual toma de todas partes e integra todo: Música, texto, actuación, lo plástico, todo, y creo que un cineasta debería —yo procuro, aunque no siempre pueda—, nutrirse de todo, buscar y ver cosas: Buscar danza, ir al teatro, leer mucho, ver otras películas, creo que la vida no alcanza para que solo salga de nuestras vivencias. Siempre me ha intrigado mucho cómo hay cosas que nos llegan a conmover tanto. Escuchas una canción, y aunque no sea exactamente lo que dice, hay algo en esa canción que te hace decir: “Conectó conmigo”. O lees un libro, una novela, y decís: “No he vivido nada de esto, pero lo que está por debajo conecta totalmente con lo que yo siento”. Eso me asombra. Creo que, si logramos conectar con otra persona, eso vale nuestro trabajo. Para mí, de eso se trata: De conectar con alguien más, y hacerlo de una forma anónima, porque yo hago esto, alguna gente me dirá que le gusta, otra que no le gusta, pero ya después el trabajo anda solo, y la gente lo verá y sentirá lo que deba sentir, y tal vez si alguien conecta con mi trabajo no me daré cuenta. Pero ahí está.

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