Centroamérica

La crónica de Estefani Céspedes: persiguiendo la sombra del Psicópata

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Estefani Céspedes se despertó sobresaltada de la misma pesadilla recurrente, una en la que sonaba el teléfono y, al atender la llamada, descubría que del otro lado de la línea la estaba contactando el ser sin voz ni rostro que en nuestro país marcó el final del siglo XX y que, 25 años después de su último asesinato, hemos llegado a recordar como El Psicópata.

No me es difícil imaginarme en su lugar, porque así he tenido varias noches, al igual que (estoy seguro) todas las personas cuando nos hemos fascinado por alguno de esos temas oscuros de la naturaleza humana, y nos vamos, como si fuera un tobogán, en una espiral de investigación casi obsesiva hasta que llega la noche y nos damos cuenta de que ahora no podemos dormir.

La situación de Estefani Céspedes, sin embargo, fue peor: no se trató de una tarde de videos, o foros, o páginas de Wikipedia por simple curiosidad. Para ella, se trató de dos años de ardua investigación, indagando día y noche uno de los misterios más tenebrosos de nuestra historia, con el objetivo de reunir toda la información posible en un solo documento audiovisual.

Al haber pasado su infancia en Cartago, no muy lejos del Triángulo de la Muerte, cuando el delirio de los crímenes del Psicópata estaba en su punto álgido, y la sociedad costarricense temblaba, mirando hacia todos lados, ocultándose en sus casas a partir de cierta hora, cerrando puertas y ventanas; no me sorprendería saber que no es la primera vez que el Psicópata le ha traído pesadillas a Estefani. Para ella, la búsqueda de respuestas es, en parte, algo muy personal.

Volviendo la mirada hacia aquella época, Estefani recuerda el temor que sentía al escuchar las historias y rumores, ver las noticias y los titulares que se apilaban como leña en una hoguera de pánico alimentada por los medios, que incluso sin proponérselo, acabaron empeorando la situación y beneficiando al asesino, porque al mismo tiempo que le dieron un rostro y lo volvieron cercano, también le erigieron el pedestal de la leyenda, convirtiéndolo en una criatura elusiva y casi etérea, como el infame Enemigo de la Desidia en el Whitechapel victoriano.

—Ese es uno de los temas que más llamaba mi atención —me dice Estefani durante nuestra entrevista—. Yo sé que eso es lo que los medios tienen que hacer, ¿Pero hasta qué punto? Hubo muchos que lo que hicieron fue escandalizar a la gente que vivía en la zona, o también generar temor y confusión a todas las personas.

Sus palabras llevan la honestidad de alguien que vivió la angustia de ese temor y confusión, y al escucharla, para mí es evidente que jugaron un rol significativo en que, años después, convertida ya en una cineasta, habiéndose educado en la Universidad de Buenos Aires y trabajado en áreas tan diversas como la escritura, la dirección de fotografía, o el diseño de imagen y sonido, se propusiera emplear el mismo poder mediático para enmendar el desenfreno de la desinformación.

Esto es lo que vuelve tan valiosa su película El Psicópata: Crónica de un Caso sin Resolver, un documental que se inclina por la riqueza investigativa, testimonios (en ciertos casos, exclusivos) de los oficiales y periodistas que vieron con sus propios ojos cómo el caso se desarrolló. A pesar de las peripecias de la pandemia, la película logró estrenarse en ciertas salas en diciembre del año pasado, y actualmente se mantiene en la cartelera virtual de la Sala Garbo.

Tras haber profundizado en los expedientes y archivos, haber visto de primera mano cómo se manejó la investigación, así como el trato que recibieron las familias de las víctimas, su sufrimiento, su desesperada necesidad de recibir una respuesta, y ante la frustración que deja la imposibilidad (o, en el mejor de los casos, gran dificultad) de dárselas, y con ese don casi inútil que tenemos los seres humanos para mirar al pasado en retrospectiva, Estefani debió haber enfrentado la pregunta más brutal que podemos hacernos ante este tipo de casos: ¿Cuál es el punto de todo esto? 

Al igual que todos los asesinatos sin resolver, el caso del Psicópata, más allá de darnos el (casi enfermizo) gusto cultural del misterio, nos enfrenta a la futilidad.

Y mientras tanto, en el césped donde alguna vez hubo pistas y esperanzas de lograr justicia, ahora sólo hay barro, y aunque nuestras huellas están por todas partes, las suyas se han borrado, tanto él como la respuesta desaparecieron como el humo, y aún continúan esquivos.

¿Respuesta a qué? No sólo a quién cometió los crímenes, sino a la inquietud de toda una humanidad que evolucionó para desarrollar la empatía y la conciencia ética de que necesitamos la bondad mutua para sobrevivir, al mismo tiempo que es forzada a ver, estupefacta, cómo hay individuos que lanzan eso por la borda.

En pocas palabras, tratar de comprender por qué matamos.

Pensar en el asesinato es como pensar en un problema rizomático: de él se desprenden innumerables aristas y aspectos por considerar; pero más que nada, pensar en el asesinato como una manifestación de colapso moral absoluto, y como un acto de violencia tan horrible que apenas se puede explicar, es como asomarse sobre un gran vórtice de la nada, o mejor dicho, un pozo oscuro e insondable que me hace pensar en una frase de la serie Mindhunter

“Cuando se pasa de una idea abstracta de asesinato a la realidad visceral, ya no se puede ser objetivo. Solo cuando se siente el dolor de las víctimas y sus seres queridos se puede conocer la magnitud de la elección que tomó el asesino. Y esa elección es la que sella su destino”.

Y pensar que aquí, en la idílica Costa Rica, haya caminado un individuo cuyo misterio le ha rebajado al nivel de asesinos en serie como el Destripador, el Zodiaco o el Monstruo de Florencia (se ha especulado que incluso podría haber sido el mismo Psicópata), es algo tan impresionante que puede eludir a la razón de cualquiera.

Sin embargo, Estefani Céspedes reunió el valor necesario para contemplar la pesadilla, para examinar aquel barro y explorar dicho pozo y tratar de iluminarlo con tal de que podamos darle o encontrarle algún sentido, si eso es tan siquiera posible. 

Así fue como me acerqué a conversar con la joven directora de El Psicópata: Crónica de un Caso sin Resolver, sobre los desafíos que tuvo que asumir durante años, en la creación de un gran proyecto dedicado a la persecución de sombras.

Still del documental ‘El Psicópata, crónica de un caso sin resolver’, cortesía de Estefani Céspedes.

—Al igual que muchos costarricenses —le comenté a Estefani— , estaba familiarizado con el caso del Psicópata, pero sólo con los datos generales, y no fue hasta que leí el libro de Otto Vargas (El psicópata: los expedientes desclasificados) que realmente comprendí su magnitud. ¿Cómo fue para usted? ¿Cuándo escuchó hablar sobre el Psicópata por primera vez?

—Bueno, tengo treinta y tres años y soy de la zona de Cartago, así que realmente crecí escuchando la historia. Pero, como vos decís, yo también tenía esa laguna de no saber muy bien qué fue lo que pasó, y creo que en Costa Rica nos pasa a casi todos. Después vino el libro de Otto Vargas, y la película está un poco basada en el libro, podés ver que comparto los personajes, y yo tomo parte de su investigación, aunque no compartimos la hipótesis. Pero sí, tal vez como resultado de eso, la película lo que pretende es unificar, contar y aclarar por lo menos lo que sí sabemos.

—Así que, a pesar de las similitudes entre su proyecto y el de Otto Vargas, difieren en cuanto a la hipótesis. ¿En qué se diferencian?

—Bueno, si has visto, lo que Otto Vargas plantea al final del libro es la hipótesis de que el Psicópata fue un militar nicaragüense, que fue asesinado.

—Claro, según el informe Ramírez-Chacón.

—Exacto, el famoso informe de Ramírez y Chacón. De hecho, hay un libro que salió el año pasado que se llama La voz de los muertos, y fue escrito por Rogelio Ramírez, el “Ramírez” de Ramírez-Chacón. Ambos defienden la hipótesis de que fue un ex-militar nicaragüense, y yo no estoy de acuerdo con ese punto de vista. No soy investigadora o policía, mi campo no es eso, pero si te fijás dentro de todo el material, creo que faltan muchas pruebas, creo que hay muchas cosas que no concuerdan en el informe Ramírez-Chacón y, por lo tanto, siento que no se puede validar como una verdad definitiva, y bueno, por algo no es oficial, ¿verdad? Y creo que esa hipótesis, que el documental también menciona, se aprovechó un poco de esa xenofobia que tenemos desde los noventa. Porque es muy fácil decir: “¡Bueno, sí, listo! ¡El Psicópata era este, era nicaragüense y está muerto!”, y entonces toda Costa Rica puede decir: “¡Sí, es nicaragüense, lo sabíamos!”. 

—Cuando leí el libro de Vargas, la parte del informe Ramírez-Chacón me pareció una de las más interesantes, pero siempre me hizo ruido, justamente porque me parecía muy sencillo que la respuesta fuera: Un nicaragüense, matado, convenientemente, por un asesino en serie de nicaragüenses.

—Es un poco como de película, ¿verdad? Creo que sí, es una solución muy forzada, y también se relaciona, y es una parte que en la película no se habla, con todo lo que fue el flujo de información hacia los medios. Como no podía hacer una película de tres horas, hubo mucha información que no mostramos, pero hablaba sobre cómo el flujo de las noticias en ese momento iba directamente a La Nación, y como otros periódicos se quedaron fuera, ellos empezaron a exagerar. La hipótesis de Ramírez y Chacón salió del OIJ directo para La Nación, entonces creo que tal vez por eso Otto Vargas (periodista de La Nación para ese entonces) cuenta esa historia oficial que tampoco es “oficial”, porque no está confirmada y presentada oficialmente.

—En cuanto al proceso de rodaje, yo en su lugar me hubiera sentido como un detective con toda esa información, ¿cómo fue para usted?

—Sí, fue muy emocionante, dentro de todo. Creo que con el caso también es fácil sentir más entusiasmo al principio, cuando uno empieza a investigar y te da más curiosidad por muchas cosas. Sin embargo, a mí me hubiera gustado investigar muchísimo más. De parte del OIJ, si bien al final sí accedieron a prestarnos los folios de la investigación, al principio nos negaron el acceso, y cuando los vimos, incluso tenía una persona de prensa del OIJ a la par mía que no me dejaba detenerme en ciertas cosas, y no me dejaba ver todo lo que yo quería, y creo que se debe a que el caso influyó tanto en la sociedad costarricense. Y aun sigue influyendo, porque el Psicópata, a la hora de que no se encuentra un culpable, se convierte casi en una leyenda.

Al hablar sobre las dificultades que implicó la preparación del documental, Estefani me explica que cuando un caso está abierto, la población civil no tiene acceso a los expedientes de la investigación; pero una vez que el caso ha prescrito, dichos expedientes pasan a ser de dominio público. Con base en esto, Estefani logró tener acceso a la información del crimen de Alajuelita ya que, al haberse demostrado que los sospechosos encarcelados originalmente (apodados Tres Pelos, Arnoldillo y Galleta) no eran los responsables de los asesinatos, fueron puestos en libertad, y el caso quedó cerrado. Sin embargo, Estefani cree que la vergüenza es uno de los verdaderos motivos por los que el OIJ no revela la totalidad de sus expedientes.”

Leí que estudia Antropología. ¿Cómo fue el abordaje o la mirada particular para usted siendo antropóloga?

—Cuando volví de Buenos Aires a Costa Rica fue que empecé Antropología, y fue también cuando decidí tomar el tema. A la hora de abordarlo, creo que mi interés por enfocar la película en la parte social va ligada a la antropología, y que en lo que más me ayuda la antropología es a dar contenido a las herramientas que ya tengo como realizadora audiovisual.  

Still del documental ‘El Psicópata, crónica de un caso sin resolver’, cortesía de Estefani Céspedes.

—Ahora, en términos narrativos, y no tanto logísticos, ¿por qué eligió un documental y no una recreación más tradicional?

—Siempre he sido fanática de los documentales. No digo que una ficción no pueda llegar a cambiar o establecer un statement, o una crítica y tratar de cambiarlo, pero creo que los documentales son mucho más eficientes. También, principalmente, por una cuestión de respeto hacia las víctimas y sus familiares; a ellos no los incluyo activamente dentro del documental en pantalla, aunque sí hablé con ellos, e igual me parece que no era necesario mostrar recreaciones de los asesinatos. No es que yo critique el uso de dramatizaciones, pero en lo personal preferí no utilizarlas por respeto a esas mismas personas que murieron.

En este punto de la conversación, se me viene a la cabeza el recuerdo de una película misteriosa, que apareció y desapareció súbitamente (similar al Psicópata) a finales de 2008, de la que sólo he podido encontrar ciertos fragmentos en Youtube, y que fue, durante años, la única representación cinematográfica que existía sobre los crímenes y la investigación.

—¿Ha visto El Psicópata: El Triángulo de la Muerte?

—Sí… —responde ella, con severidad.

—Todo lo contrario, ¿verdad?

—Yo conocí a don Luis Mena, incluso me reuní con él, y en un momento pensé incluirlo. Fue otra de esas partes de la película que al final eliminé, pero era sobre señalar también cómo el machismo con el que se trataba a las víctimas seguía presente en la forma de representarlas. Hay un diálogo en esa película, una escena donde vemos a una de las mujeres, antes de morir, antes de ser asesinada en un cafetal, donde el hombre le dice: “Vámonos, porque es peligroso”, y ella le responde: “No, vos ya sabés que cuando me pongo caliente, me pongo peligrosa”, o algo similar, casi como diciendo que se lo tenía merecido, y entonces vos decís: “Bueno, listo, si don Luis Mena hubiera sido una persona que trabaja en el medio como realizador, y tal vez fuera consciente de lo que está poniendo en sus diálogos, eso sería otra cosa”. Sin embargo, no lo es, es un abogado, y yo sé que la intención de don Luis no fue mala, y es otro de los motivos por los que decidí sacarlo y no mencionarlo. Pero siento que uno como realizador tiene una responsabilidad muy grande de lo que pone en la pantalla.

—Es curioso cómo esa visión moralista y machista fuera incluso una de las primeras explicaciones que se le dio al perfil del asesino, al ser alguien que mataba principalmente parejas en sus momentos de intimidad, y cuando los medios participan, como usted dice, exagerando y hasta tergiversando, creo que lo que dieron a entender fue más de sí mismos que del caso en particular. O sea que, en vez de hablar del asesino, hablaban realmente de sus propios prejuicios y sus propias paranoias.

—Sí, totalmente. Además, cuando empecé a meterme en la parte criminalística, comencé a leer un poco las teorías, y me llamó la atención lo que el criminólogo Cesare Lombroso decía sobre cómo la gente peligrosa es de esta estatura, tiene la frente ancha, la nariz ancha, etcétera, ¿entendés? Que vos decís: “¿Pero… cómo podés basarte en si una persona es peligrosa o no a partir de unos rasgos físicos?” No culpo ni menosprecio su teoría, pero creo que es importante buscar algo mejor para explicar las cosas, sobre todo cuando se es más consciente del machismo, y creo que es impresionante, porque me parece que a veces también la policía, todavía en 2019, que fue cuando se estrenó, o 2017 que fue cuando se grabó, sigue contando con esas teorías para analizar casos.

—Y hablando de los perfiles que se hicieron del Psicópata, es interesante que el OIJ incluso llamó al FBI para que les ayudara con un perfil, y la información que dieron del FBI era tan general, que es como para decirles: “Gracias… esto explica básicamente nada”.

—¿Sabés que eso del FBI todavía no me quedó muy claro? O sea, yo sé que el FBI estuvo aquí por testimonios de los mismos policías, y del mismo Otto Vargas, no es que no les crea. Sin embargo, me parece que fue una acción… Que uno se pone a pensar y dice, primero: ¿Cómo se dio cuenta el FBI? Y segundo, una acción que es como: “Papá Estados Unidos viene a salvarnos”; y si esa ayuda hubiera funcionado de algo, bueno; pero en realidad sí, el perfil que dio el FBI fue súper general.

—También la ironía de que esa fuera la forma de pensar de los costarricenses de aquella época, cuando viene, como usted dice, Papá Estados Unidos, y su respuesta fue básicamente dejarlos en el mismo punto. Es como humor negro.

—Con respecto al OIJ, al final entendí algo. Y es cómo, primero, fue un caso que duró diez años, así que las personas que pasaron por ahí fueron muchísimas, y creo que sí hubo policías con muy buena intención, por ejemplo, cuando terminamos la entrevista, Cabezas, uno de los policías, me dijo que era la primera entrevista que él daba sobre el caso en toda su vida, porque siempre le quedó esta vergüenza por no haber logrado resolverlo. Pero, así como había policías que tenían buena intención, por otro lado, creo que había otros que no; porque yo, dándome cuenta a la hora de investigar, de que los oficiales, por ejemplo, cuando iban a entrevistar a las familias de las víctimas, los oficiales sí iban, pero después también empezaban a tratar de ligarse a las mujeres del barrio o sus vecinas. ¿Entendés? Entonces, es como: “¿Pero, qué respeto se les da?” Sí, el OIJ estaba muy bebé, porque se creó a finales de los setenta, pero sin duda también hubo mucha negligencia a la hora de manejar el tema.

Still del documental ‘El Psicópata, crónica de un caso sin resolver’, cortesía de Estefani Céspedes.

—Hablamos de los asesinos como son representados en el arte, específicamente en el cine, y es muy interesante, porque tal vez por ese mismo sensacionalismo y el rol que juegan los medios al crear la leyenda, los vemos como monstruos, pero también como celebridades, y eso dice mucho sobre la fascinación que, como seres humanos, tenemos ante estos individuos. ¿Por qué nos causa tanto interés el tema de los asesinos en serie?

—Sí, igual también con los medios, yo creo que hay muchos que tienen buenas intenciones de informar. Sin embargo, hay muchísimos otros que lo que único que quieren es vender, y sabemos que lo que vende es el miedo, y si vos te ponés a pensar en todo el material que se generó en torno al Psicópata, lo empezaron a tachar a él como que era súper sigiloso y cuidadoso, pero si vos ves, en el caso de Alajuelita él dejó un mordisco, que si hubieran tenido entonces toda la tecnología que se tiene ahora, seguramente lo habrían identificado. Entonces, esa identidad de asesino astuto y sigiloso, y todo esto, fue sólo una construcción que hicieron los medios, y yo entiendo que los medios tienen que vender, pero tal vez no todo el mundo tiene un criterio como para llegar y decir: “Sí, esto que me están diciendo es exagerado”. Además, ahora que decís lo de los asesinos como celebridades,  también hay que recordar la misma vanidad del asesino y su deseo de llamar la atención; por ejemplo, cuando se acusa a Arnoldillo y a Tres Pelos (criminales costarricenses de la época), y los meten a la cárcel, en esos días, al mismo tiempo que los medios exponen que fueron detenidos, el asesino volvió a matar, como diciendo: “Sí, no son ellos: soy yo”.

—Sin embargo, comparando al Psicópata con otros asesinos famosos, que disfrutaban molestando a la policía y haciéndose pasar por genios, llama la atención que, en este caso, el Psicópata nunca se dirigió directamente a los medios o a la policía.

—Lo que también dicen del Psicópata, es cómo quería hacer saber que se trataba de él, y entre esas cosas está toda la prueba de balística que señala cómo en todos los casos se usó la misma arma, la M-3, que en el casquillo se imprime con una marca donde la bala es disparada, entonces los policías también lo que dicen es: “Si él no hubiera querido que sepan quién era, habría usado diferentes armas, ¿pero por qué iba a utilizar siempre la misma? Tal vez para que se note”. Pero igual, todo esto que hablamos son construcciones, tal vez el Psicópata no se preocupaba mucho por eso, o tal vez no sabía que las armas dejaban estas cicatrices, entonces son muchas especulaciones alrededor de esas cosas.

—Al haber pasado tanto tiempo investigando sobre la psicología y el modus operandi, los detalles tan horribles de este caso, ¿fue psicológica o emocionalmente duro para usted?

—Sí, realmente. Al principio, tal vez, uno empieza con cierto ímpetu y cierta fuerza, pero cuando ya vos te vas dando cuenta de los detalles, eso cambia. Recuerdo que una de las cosas que a mí más me impactó de todos los casos fue lo que les hicieron a las niñas de Alajuelita, y por supuesto, todas las vidas son valiosas, no porque sea un hombre o una mujer mayor no lo sean; pero cuando son niñas, y uno ve que tenían toda la vida por delante y que no la pudieron disfrutar, y que se les asesinó de una forma tan fea, eso me puso a pensar: “¿Cuento esto?” Porque, tal vez, contar ciertos detalles sería irrespetar a las niñas, pero, por otro lado, tal vez no contarlo sería silenciarlas, y no nombrarlas y hacer como si no existieran. Entonces creo que, en realidad, todas las cosas tienen que decirse. Otra cosa muy impactante fue visitar esos sitios y ponerme en el lugar de las víctimas, en ese último momento en que las estaban asesinando, porque los lugares guardan toda esta energía. Imaginate esos lugares de noche, con todo este pánico y terror que estaba sucediendo a esas horas, y luego verlos a la luz del día, en el momento que el sol sale y se empiezan a ver esos primeros rayos sobre estas escenas terroríficas, y estos momentos en que las familias empiezan a darse cuenta de que sus personas queridas ya no están. ¡Después se vuelven lugares comunes por donde todos caminamos! Y tal vez no nos damos cuenta que ahí hubo espacios de mucho sufrimiento. También creo que parte de la fascinación por este tipo de asesino es que, obviamente, mata personas y el resto de nosotros tememos por el poder mismo que él tiene de aparecernos cuando vamos caminando. Por esa parte, también tuve como un shock con la realización de la película por mi propia seguridad, porque sí, aunque el Psicópata probablemente ya está muerto… no lo sabemos con certeza. Esto lo contaba hace poco en un festival donde me preguntaron lo mismo, y les contaba que tuve pesadillas, realmente sueños medio cinematográficos, pero sí me acuerdo que en un sueño me llamaban por teléfono, y era el Psicópata llamándome a mi casa, y mucho de este imaginario, que los mismos medios, por la forma cómo te lo metieron en la cabeza, también se llega a desplazar cuando uno empieza a ver los detalles macabros que hubo alrededor de todo esto. Yo creo que también, además de que vuelva a aparecer un Psicópata, mi miedo iba un poco por posibles imitadores, porque me empezaron a llegar mensajes, y mucho de eso también es querer figurar, así que yo trataba de pelotear los mensajes, pensando: “Bueno, es gente, listo”, pero ya llegó un momento en que me escribían desde perfiles falsos, asegurando ciertas cosas, que fue por lo menos cuando yo decidí sacar mi nombre de redes sociales del documental, porque se acercaba la fecha del rodaje y preferí hacerlo en silencio, que no se notara que estábamos grabando por eso mismo, porque todo lo que fue la respuesta de la gente, como te digo, hay gente que está realmente obsesionada y te cuentan historias tremendas sobre el caso.

—Sí, qué duro… No sé ni qué decir… creo que eso también hace muy significativo que sea una mujer la directora de este proyecto, porque estos crímenes, no sé si se les reconozca como tal, pero a mi parecer, son claramente crímenes de género, plagados por una brutal misoginia.

—Sí, y de hecho, cuando se intenta reabrir el caso, se pide que se les considere como crímenes de odio, porque si ves, eso fue a finales de los ochenta, y en los ochenta no existía el término “crimen de odio”. Es a partir de ahí, y con base en el nivel de violencia con que fueron asesinadas estas mujeres, donde se intenta reabrir, aunque, por supuesto, murieron hombres y mujeres, que no se nos olviden todas estas personas que también murieron. 

—Qué escalofriante. Incluso esa pesadilla de la que me habló, no sé, tiene mucha similitud con el asesinato de Ligia Camacho, que fue asesinada en su cuarto, en la intimidad de su hogar, y me pregunto qué puede ser más aterrador que eso.

—Sí, y con respecto a eso de Ligia hay también como toda una parte de la policía que supone que a Ligia la mataron cuando ella estaba masturbándose en su cama y leyendo un libro pornográfico, y de nuevo vemos todo el machismo, y cómo se genera morbo a partir de esto mismo, yo no incluí ese dato, porque me pareció irrelevante y hasta cierto punto nunca me lo terminé de creer completamente.

—Creo que eso también habla de lo triste que es cuando se trata de resolver un asesinato, y se reduce a simplemente, como una novela de Sherlock Holmes, a: escena del crimen, pistas, investigación, y encontramos al asesino.

—Si lo hubieran encontrado.

—Claro, si lo hubieran encontrado. Pero es eso de reducir a una serie de eventos un acontecimiento inexplicablemente complejo.

—Sí, y es reducirlo muchas veces a una cuestión de ego, porque, si viste, mucho de lo que pasó en el OIJ fue porque los oficiales entraban con la meta de ser ellos quienes resolvieran el caso, y en muchos ocasiones escondieron o dañaron evidencias, porque lo veían como una competencia entre ellos.

Still del documental ‘El Psicópata, crónica de un caso sin resolver’, cortesía de Estefani Céspedes.

—Hay una novela gráfica de Alan Moore llamada From Hell, donde explora los crímenes de Jack el Destripador, y en cierta parte menciona que el asesinato, más allá de términos estrictamente forenses, es algo que no puede ser resuelto, ¿Concuerda con ese comentario?

—Sí, concuerdo un poco con él. Y sí, puede ser muy difícil explicar o entender lo que fueron los asesinatos, y más en este caso, porque no se trató sólo de una persona asesinada. Pero creo que, a pesar de todo, también lo que la película trató, y es un poco por lo que decidimos seguirla, fue sacar algo positivo de todo esto. ¿Qué es lo que se puede sacar positivo? Bueno, exigirle al OIJ que para futuros casos tenga más cuidado y atención.

—Es inevitable que nos quede ese sentimiento de frustración tan amargo de que al mal, básicamente, se le permitió ganar, ya sea por incompetencia, negligencia, miedo, choque de egos, pero en ese sentido creo que es muy importante que, tal y como usted dice, este documental forme parte de la historia, porque es casi como un cierre, si es que un cierre es posible.

—Sí, creo que toda película siempre es subjetiva, por más de que uno trate de hacer algo súper objetivo, siempre va a estar teñido por lo que yo pienso. Con el documental no se pretendía encontrar quien fue el Psicópata, y también he visto algunas críticas que se le hacen a la película exactamente porque la gente creía eso, que iban a ver la película y que yo les iba a decir: “¡Ése fue el Psicópata! Chao y listo”, y es más como un análisis de todo lo que pasó y cómo se manejó el caso, para que si en un futuro alguien no lo conoce y se lo nombran, por lo menos pueda ver la película para que se entere de cuáles fueron los crímenes que pertenecieron a esto, qué fue lo que pasó y qué es lo que sigue pasando. Por supuesto, me hubiera gustado decir quién fue, y tengo mi teoría, sin embargo, no tengo las pruebas suficientes para señalar a alguien en cámara, y también hay que pensar que, si en tantos años no se pudo hacer nada, y con la accesibilidad que se nos dio sobre los documentos, bueno… tampoco mucho se puede hacer.

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