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El Idioma de las Sombras: Cien años y veinte días de Nosferatu

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“Ver Nosferatu de F. W. Murnau es ver la película de vampiros antes de que realmente se hubiera visto a sí misma. Aquí está la historia de Drácula antes de que fuera enterrado vivo en clichés, chistes, parodias televisivas, caricaturas y más de otras treinta películas. La película está maravillada por su material, y parece realmente creer en los vampiros.”
-Roger Ebert.

 

La primera vez que vi al Conde Orlok fue en un episodio de Bob Esponja.

Sí… Ese episodio en el que ya están pensando.

Tenía seis años, y Calamardo recién había preguntado:

“Si tú eras el del teléfono y el del autobús. ¿Quién jugaba con las luces?”

Yo francamente no sé qué respuesta esperaba recibir. En ese punto de la historia, luego de tantos giros y expectativas puestas de cabeza, estaba listo para aceptar al más inesperado responsable: Tal vez Don Cangrejo, siendo un codicioso burgués capitalista, quería asegurarse de que sus obreros continuaran trabajando en su alienante turno de noche. Tal vez Patricio sintió el antojo de otra cangreburger a las tres de la mañana. O incluso, ¿por qué no? El Picador Criminal Mutilador en persona.

Pero no importa qué esperaba ver. Nada podría haberme preparado para lo que vino a continuación, y si conocen este episodio, entonces saben de quién y qué estoy hablando.

Aquella musiquita y aquella sonrisa que le dieron al final no disminuyeron el horror en que tal aparición me dejó sumido. ¿Cómo era posible que Bob y Calamardo pasaran todo el episodio asustados por una historia ridícula y fácilmente explicable, pero cuando estaban en presencia de algo como eso actuaban con la mayor naturalidad? ¿Y qué era lo que decían al verlo? ¿“No serás tú?” ¿“Nos verás tú”?

Por algún motivo, esta segunda opción se arrastró bajo mi piel y me mantuvo despierto toda la noche: Lo veía inmóvil en el umbral de mi puerta, mirándome. Lo imaginaba rondando mi casa en silencio, ocultándose en los rincones sombríos, y cuando cerraba mis ojos, los suyos se me aparecían como dos luces pequeñas y heladas, impidiéndome descansar.

Y sin embargo, por algún motivo no quería dejar de pensar en él. Había algo tan fascinante en su extrañeza que deseaba saber más al respecto, y en consecuencia, Turno de ultratumba se convirtió en uno de mis episodios favoritos de la serie, sobre todo por aquella revelación del final.

Algunos años después, mientras ojeaba las páginas de mi Enciclopedia Salvat, lo volví a encontrar. Esta vez no estaba en el umbral de una puerta, sino de pie sobre la cubierta de un barco, victorioso frente a las jarcias y las velas, con las garras extendidas y una cruel sonrisa bajo aquellos mismos ojos. Ahora este demonio tenía un nombre: Nosferatu.

 

O, para ser exactos, su nombre era Orlok y la película a que pertenecía se llamaba Nosferatu. Gracias a la Enciclopedia supe que era un extraño filme sobre un vampiro, estrenado en Alemania el 4 de marzo de 1922, y supe también de los rumores en torno al actor principal: se decía que era un vampiro verdadero y que esta película era su único papel en el cine.

“Wow… eso sería una excelente película”, pensé.

Y como la Ley de Murphy establece que si tengo una buena idea entonces alguien ya la habrá pensado antes, no me sorprendió leer, en el mismo artículo de la Enciclopedia, sobre la película La sombra del vampiro, que giraba en torno a dicha leyenda.

Aquellos eran los primeros días de YouTube, cuando no había problema en encontrar ambas películas subidas en su totalidad, aunque en varios fragmentos y una calidad de 360p. Nosferatu fue mi primera película muda y me dejó… pues, mudo. Más que mudo, hipnotizado. Sentí que estaba en presencia de una fuerza antigua y oscura, y que ahora mi vida era más rica por haber sido expuesta a ella.

En octubre de 2019, mientras releía Drácula para festejar Halloween, asistí a la función de Nosferatu en la Sala Garbo y fue la primera vez que la vi en pantalla grande. Desde entonces no dejé de pensar que faltaban poco más de dos años para que la película cumpliera su primer centenario, y que yo haría algo especial para celebrarlo.

Y cuando el centenario por fin llegó, el 4 de marzo de 2022… lo olvidé por tres semanas.

¿Cómo pudo pasar algo así? No tengo idea, aunque tal vez fue porque el 4 de marzo de 2022 todas las noticias giraban en torno al estreno de otra película, sobre un “hombre murciélago” y protagonizada por un actor en cuya célebre filmografía también estaba el haber interpretado a un vampiro brillante… literalmente.

Hoy, veinte días después, voy a enmendar dicho olvido, y hacer mi mejor esfuerzo para celebrar la historia e importancia de esta maravillosa película, que estuvo al borde de la extinción, así como el legado de este personaje que tanto me asustó a los seis años… y todavía.

Hoy puede resultarnos extraño, incluso cómico, que la figura del vampiro pueda causar miedo; tal es nuestro hábito de ver en la pantalla vampiros elegantes, seductores y románticos. Pero la creencia real en los vampiros estuvo presente en la cultura de casi todas las sociedades antiguas, y el miedo que inspiraron es uno de los más antiguos en la historia; probablemente tuvo sus orígenes en el temor y misterio detrás de enfermedades como la rabia, la porfiria o la anemia.

El miedo se perpetuó a través de los siglos, tal vez por su discordante cercanía con inquietudes tan propias de la naturaleza humana; los vampiros, dentro de las febriles imaginaciones del pasado, existían en una especie de valle inquietante existencial, donde no estaban vivos ni muertos, y para criaturas con una aversión natural hacia el fallecimiento y la descomposición, los vampiros encarnaban la mezcla entre el miedo y desagrado por la muerte y, al mismo tiempo, la atracción de una vida eterna.

A pesar de su longevidad en el imaginario popular, el vampiro como hoy le conocemos no entró a la literatura hasta inicios del siglo XIX, más específicamente podríamos citar al doctor John Polidori como el escritor que inició la carrera, con su novela de 1819 El vampiro, cuyo personaje estaba inspirado en Lord Byron y se gestó durante la misma noche de verano en que Mary Shelley concibió su Criatura.

Otra importante contribución fue Carmilla de Sheridan Le Fanu, publicada en 1872. Sin embargo, no fue sino hasta 1897 cuando la novela que redefiniría por completo la imagen del vampiro salió a la luz pública, de la mano del irlandés Bram Stoker.

Durante casi treinta años, Stoker fue manager del Teatro Lyceum, entonces liderado por el actor Henry Irving, y en el verano de 1888 el Lyceum ofrecía su adaptación de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, protagonizada por Richard Mansfield, un actor de tan impresionante habilidad para transformarse en un ser monstruoso que muchas personas se convencieron de que él era el responsable de los horrendos crímenes cometidos a menos de cuatro kilómetros del teatro, en el barrio marginal de Whitechapel.

Por supuesto, Richard Mansfield no era Jack el Destripador, pero los rumores en torno a él, así como el clima general de terror y paranoia que se cernió sobre Londres en aquella época, sin duda debieron causar una profunda impresión en Bram Stoker, y es muy probable que él bebió de sus recuerdos cuando, casi una década más tarde, creó un personaje único y siniestro, con la apariencia física de Irving, el apellido de un antiguo príncipe de Valaquia, y la sed de sangre del Destripador.

Drácula fue aclamada por la crítica en su momento de publicación, y a pocos días de su lanzamiento, Stoker ya estaba estrenando en el Lyceum la primera adaptación teatral de su novela. Desdichadamente, contra todas las esperanzas del autor y su familia, ni la novela ni la obra ofrecieron gran remuneración económica, y cuando Stoker murió el 20 de abril de 1912 (su fallecimiento ni siquiera fue tan reportado, ya que la conmoción mediática y pública aún estaba afligida por el hundimiento del Titanic, seis días antes), su esposa, Florence Balcombe, quedó como única adalid de los derechos de Drácula, así como los ingresos que estos pudieran generar.

Entonces comenzó el siglo XX, y el mundo de antaño fue ahogado en sangre y destrucción por la Primera Guerra Mundial y la pandemia de influenza de 1918 a 1920.

La “guerra para acabar todas las guerras”, seguida por la paz para acabar todas las paces, se encargaron de derrumbar muchos de los antiguos imperios europeos, y en los quince años que mediaron entre la abdicación del Káiser Wilhelm y la ascensión del Tercer Reich, Alemania se gobernó como una república constitucional, y entró así al demencial, maravilloso, convulso y trágico experimento sociopolítico que hoy conocemos como la República de Weimar.

Era una época de hiperinflación, cuando Alemania se vio obligada a pagar sumas exorbitantes en reparación por los daños de la Guerra que, según los Aliados, la propia Alemania se había encargado de iniciar, y como un dólar estadounidense equivalía a un millón de marcos, no era extraño ver en las calles filas interminables de personas desempleadas y hambrientas.

Al mismo tiempo, también fue una época de florecimiento (o, mejor dicho, explosión) cultural para el arte pictórico, la música, la literatura y la nueva forma de arte del cine. En este clima de angustia y depresión generadas por la Guerra, el expresionismo se erigió como una forma para expresar todas las emociones, más con base en la subjetividad y el simbolismo que en la descripción objetiva de la realidad.

En 1915, Gustav Meyrink publicó la novela El Golem, la cual fue adaptada al cine cinco años después por Henrik Galeen, un joven admirador de la literatura de Hanns Heinz Ewers (quien, a su vez, había escrito la novela Alraune y dirigido el guión de la película El estudiante de Praga, obras que el propio Galeen eventualmente adaptaría al cine). También en 1920, Robert Wiene estrenó una de las películas más reconocidas de todo el expresionismo: El gabinete del Dr. Caligari. Fritz Lang estrenó Las tres luces en 1921, al mismo tiempo que conocía a su futura esposa y colaboradora, la escritora Thea von Harbou, con quien produciría películas tan influyentes como Dr. Mabuse y Metrópolis.

Y en 1922, en medio de esta época tan políticamente caótica y artísticamente apasionada, Nosferatu vio la luz del mundo por primera vez.

Varias estrellas extrañas tuvieron que alinearse para conjurar un proyecto como Nosferatu. La primera de las cuales fue Friedrich Wilhelm Murnau, cineasta de elevada estatura y obsesivo perfeccionismo, piloto durante la Guerra, ocho veces sus aviones se desplomaron desde el cielo y ocho veces salió ileso de los escombros (aunque no se puede esperar menos de un hombre que leía a Shakespeare, Ibsen, Schopenhauer y Nietzsche a los doce años; alguien así es más escalofriante que cualquier vampiro, si me preguntan).

Murnau llevó su perfeccionismo a la gran pantalla desde el principio. En 1920 dirigió La cabeza de Jano, una adaptación libre de (otra vez) El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, en colaboración dos nombres históricos del cine: Conrad Veidt y Bela Lugosi, quien pasaría a la historia por interpretar a Drácula en su primera adaptación sonora, en 1931, y definiendo, tal vez para siempre, su imagen más reconocible en la cultura popular.

F. W. Murnau

Albin Grau era un ilustrador, arquitecto y ocultista miembro de la Ordo Templi Orientis, entonces dirigida por el infame Aleister Crowley (aunque Grau no estaba de acuerdo con sus ideas anticristianas) y futuro miembro de otra sociedad ocultista llamada Fraternitas Saturni, fundada en 1926.

Para una persona como Grau, era cuestión de tiempo antes de que sintiera fascinación por el cine, una forma de arte nueva y enigmática, al mismo tiempo científica y mágica. Grau estaba convencido de que el cine tenía potencial para contar todo tipo de historias con mensajes y temas ocultistas, y con ese propósito fundó, en 1921, la productora Prana-Film, cuyo nombre fue tomado del sánscrito prāṇa, que significa aliento y suele ser entendido como la energía vital de todas las criaturas.

Por eso es irónico que, como materia de su primera película, Grau eligiera el tema de los vampiros, cuya única razón de existir consiste en alimentarse de dicha energía. Grau era gran admirador de Drácula, aunque su fascinación por los vampiros precedía por mucho la lectura de la novela. Según escribió en un artículo para el periódico Bühne und Film, fue durante su época de soldado, en las trincheras de Serbia en 1916, cuando escuchó de un granjero local la historia de cómo su padre había sido un muerto viviente.

Tal vez fue esto lo que motivó a Grau a querer adaptar Drácula: Europa y el mundo entero habían sido víctimas de un gran vampiro cósmico en la forma de la Gran Guerra que cercenó veinte millones de vidas, y la pandemia, que consumió más del doble: cincuenta millones.

Nosferatu es, por lo tanto, la primera adaptación cinematográfica de Drácula, aunque no oficial ni autorizada; ni Grau ni Murnau se molestaron en informar a Florence sobre sus planes de adaptar la novela de su esposo, y seguramente no imaginaron la posibilidad de que eso les trajera problemas en el futuro.

Suele creerse que los nombres y locaciones originales fueron cambiados en un intento por evadir el copyright, pero ninguno de los realizadores pretendió que su película era otra cosa sino una adaptación libre de Drácula, incluso los intertítulos originales lo dejaban claro. Es más probable que el ya mencionado Henrik Galeen (sobre quien cayó la responsabilidad de escribir el guión) buscara, con dichos cambios, que la película resonara mejor con el público alemán.

Así, Jonathan y Mina Harker se convirtieron en Thomas y Ellen Hutter; el Conde Drácula era el Conde Orlok; Londres pasó a ser el pueblo ficticio de Wisborg, y el fin de la era victoriana pasó a ser la mitad del siglo XIX, en el periodo histórico denominado Biedermeier, con la influencia de las obras de Goethe y las pinturas de Caspar David Friedrich. También hubo diferencias específicas con respecto a Drácula, como por ejemplo, la ausencia del Profesor Abraham van Helsing (aunque podría argumentarse que un personaje similar está presente en el Profesor Bulwer), y como un claro reflejo del tono romántico y poético de la película, la luz del sol no sólo debilita al vampiro, sino que directamente lo destruye. La idea popular de que el amanecer extingue a los vampiros vino, curiosamente, con esta película.

Todo lo demás, sin embargo, se mantuvo fiel a la novela de Stoker.

Incluso el título fue tomado del texto; Stoker consideró, erróneamente, que nosferatu era un término rumano para referirse a los muertos vivientes, aunque lo más seguro es que se tratara de una distorsión de nesuferit, una palabra que puede traducirse como desagradable, odioso, impío, impuro, e incluso diabólico.

Sea como sea, en la novela el Profesor Van Helsing explica: “El nosferatu no muere como la abeja cuando pica una vez. Sólo es más fuerte, y siendo más fuerte, tiene aún más poder para obrar el mal.”

Así pues, en 1838, el joven abogado Thomas Hutter es enviado por su jefe, el inquietante Herr Knock (quien ya está bajo la influencia y al servicio del vampiro) al remoto país de Transilvania, en lo profundo de los Cárpatos, con tal de ayudar al Conde Orlok en sus trámites inmobiliarios de una propiedad que desea comprar en Wisborg.

Una vez en Transilvania, Hutter se burla de las supersticiones contenidas en un libro sobre vampiros, y prosigue su viaje, ignorando con sorna la advertencia de los aterrados lugareños. En medio del camino, Hutter es recogido por un misterioso cochero que lo conduce al castillo del Conde.

Apenas fija su mirada en él, Hutter comprende que algo no está bien con su anfitrión.

El Conde Orlok es perturbador en todo sentido, desde su apariencia alta, delgada y encorvada, su piel pálida, sus ojos grandes y fríos, sus dientes afilados, sus dedos largos y uñas como garras, la extraña manera en que camina y, sobre todo, su obsesión con la sangre y la fijación terrible sobre el retrato de Ellen, guardado en el relicario de su esposo Thomas.

Mientras tanto en Wisborg, Ellen parece caer en un trance, capaz de percibir a la distancia el peligro que corre su esposo a merced de una fuerza maligna y sobrenatural.

Hutter descubre, muy tarde, que el Conde es un vampiro (lo cual… en fin…) y escapa de regreso a Wisborg, al mismo tiempo que Orlok se hace transportar en barco hacia Alemania, haciendo sucumbir a toda la tripulación bajo su apetito. El barco por fin llega a puerto, vacío, lento y silencioso como un fantasma, y de él se desprende una extraña plaga, esparcida por un ejército de ratas que parece haber ocupado la ciudad, liquidando a gran parte de la población.

Ellen, ahora reunida con su esposo, logra concluir que el origen de la plaga no es otro que el Conde Orlok, y en el libro de Hutter descubre que el vampiro solo puede ser derrotado por una mujer de corazón puro.

Así, Ellen decide esperar al Conde durante la noche, y se ofrece a él sin oponer resistencia, pero mientras Orlok bebe su sangre con deleite, la luz del amanecer entra por la ventana y lo alcanza, consumiéndolo para siempre. Ellen muere en brazos de Thomas, habiendo vencido al vampiro y salvado a la ciudad de la peste.

Si ya en la novela original, Mina era un personaje heroico, en Nosferatu Ellen es la única heroína, la única con la inteligencia, capacidad y valentía para vencer al mal, aunque ello implique sacrificar su propia vida, y gran parte de esto es posible gracias a la conmovedora actuación de Greta Schröder en el papel de Ellen.

Además de Greta, Murnau y Grau contaron con el dinámico Gustav von Wangenheim en el papel de Thomas Hutter, pero la estrella de la película, sin duda alguna, fue el enigmático Max Schreck como el Conde Orlok, a quien considero el más aterrador de todos los vampiros del cine.

¿Pero, por qué?

Ilustración de Albin Grau

Su apariencia es un factor esencial, por supuesto. Orlok no vino del Monster Mash, no tuvo inspiración de la “fábrica de monstruos” porque esta no existía en aquel entonces. No había ninguna película de vampiros que pudiera servir de base, así que Albin Grau debió trabajar únicamente con su original imaginación.

Inspirado por las ilustraciones que Hugo Steiner-Prag realizó para la primera edición de El Golem (1915), Grau diseñó al Conde Orlok a partir de las descripciones populares de los vampiros, según podían encontrarse en viejos libros de folclore. Sus dibujos son bastante similares al producto final que vemos en pantalla (tal vez incluso más tenebrosos que las imágenes de la película) y podemos asegurar que su visión logró ser realizada con éxito.

Pero hay más, lamentablemente, que puede decirse sobre la apariencia de Orlok.

Uno de los temas que pareció filtrarse en la película, y que también está presente en la novela de Stoker, es la ansiedad ante una posible amenaza extranjera, una invasión de seres distintos y peligrosos que vienen a consumir y destruir. Durante las dos primeras décadas del siglo XX, el antisemitismo de Europa ya empezaba a alcanzar su punto de ebullición, que tendría el desenlace más terrible dos décadas después. Muchas personas vieron en Orlok un reflejo de los estereotipos ofensivos con que solía representarse a los judíos.

Julius Streicher estuvo presente en la primera función de Nosferatu, y no puede ser casualidad que al año siguiente fundara Der Stürmer, un periódico supurante del más venenoso antisemitismo, con feas caricaturas de judíos monstruosos, tan ridículas que podrían dar risa, de no ser por el gran daño que causaron. De los engranajes del Reich, pocos se arrojaron a los pies de Hitler con el fanático servilismo de Streicher, y para concluir este párrafo con algo de satisfacción, estas actitudes y creencias llevaron a Streicher al estrado de los criminales en Nuremberg, donde fue ejecutado en 1946.

F.W. Murnau, por su parte, era un artista sensible, un homosexual que fue testigo de la represión sancionada por el Artículo 175 del código penal, que castigaba la homosexualidad como si fuera el peor de los delitos. Además de comprender en carne propia lo que era soportar el peso del rechazo y la persecución, Murnau también era amigo y defensor de muchas personas judías, y por eso, aunque no puedo asegurarlo, considero que las connotaciones antisemitas que se extrajeron del Conde Orlok no fueron parte de su intención original.

Tal vez una mejor manera de entender la apariencia horrible de Orlok sea como la personificación del mal, al mejor estilo del romanticismo decimonónico: Grotesco, extraño y perturbador, el símbolo de lo impío y lo sacrílego, elementos que están presentes en las leyendas que inspiraron Drácula, pero que no se ven como Drácula.

Y, por supuesto, el otro motivo por el cual Orlok es una figura tan pavorosa es la impresionante actuación de Schreck, tan desconcertante que muy pronto empezaron a surgir rumores de que solía recluirse durante el día, salir de noche a merodear por los bosques, que esta fue su única película antes de desaparecer, y que Murnau, perfeccionista empedernido, de alguna manera había logrado ponerse en contacto con un vampiro de verdad y convencerlo de protagonizar su película.

Además… ¿Por qué otro motivo habría de apellidarse Schreck, cuando esta palabra significa, literalmente, terror?

Max Schreck, el “Conde Orlok”.

Para bien o para mal, todos los rumores son falsos. En primer lugar… bueno, porque los vampiros no existen. Y en segundo lugar, porque Friedrich Gustav Maximilian Schreck fue simplemente un gran actor, con amplio talento y versatilidad, no solo con una larga y respetable lista de obras teatrales en que había participado, sino que también logró transitar con éxito del teatro al cine, actuando en más de veinte películas, incluyendo Las finanzas del Gran Duque, una comedia de 1924, también dirigida por Murnau.

El título completo de la película es Nosferatu: Eine Symphonie des Grauens. “Una sinfonía de horror”. Murnau, de hecho, logró dar a la estructura de su obra un ritmo casi musical, algo muy expresionista de su parte.

Sin embargo, aunque Nosferatu pertenezca al movimiento del expresionismo alemán, es interesante notar todas las maneras en que rompe con el esquema tradicional del cine expresionista.

Podemos comenzar con que la cinematografía de Nosferatu, a cargo de Fritz Arno Wagner, es admirablemente realista. Murnau eligió filmar en locaciones reales, en vez de sets o fondos pintados, como puede verse en otras películas de la época (el ejemplo más claro siendo El gabinete del Dr. Caligari). Por eso es tan fascinante ver Nosferatu y presenciar tantos edificios, que ya para entonces eran antiguos y decadentes, y que hoy no existen.

La residencia del Conde Orlok fue un verdadero castillo: el castillo de Orava, en Eslovaquia, que aún puede visitarse en la actualidad.

El barco que utiliza Orlok para llegar a Wisborg también fue un barco real sobre el mar.

Toda esta atención por el realismo se vuelve fascinante, incluso divertida, cuando nos fijamos que el 31 de julio de 1921, mientras filmaban en Bremen, un periódico local publicó el anuncio que pedía de treinta a cincuenta ratas.

Al día siguiente, el periódico publicó otro anuncio, esta vez solicitando un cazador de ratas.

Y todo este realismo, además de atraer al espectador, casi convenciéndole de que es una historia real, funciona para resaltar al único elemento verdaderamente expresionista de la trama: el vampiro.

Murnau comprendía muy bien el poder de las imágenes, y supo utilizar el movimiento, el color, la luz y la sombra como colores sobre un lienzo, para describir mejor el sentimiento claustrofóbico de la película, que a veces puede sentirse incluso como una larga pesadilla.

Una de las tomas más famosas en la historia del cine fue casi improvisada: Cuando la sombra de Orlok sube las escaleras y sus largos dedos se extienden de forma inhumana para abrir la puerta, nada de eso estaba en el guión original de Galeen, ni en las notas de producción, sino que fue una decisión de Murnau tomada a último momento.

Tal imagen sigue el mismo estilo visual tan creativo de otras escenas, como cuando Ellen espera la llegada del vampiro y la sombra de la mano de Orlok sube lentamente sobre ella hasta detenerse sobre su pecho y se cierra en un puño con tanta violencia que parece oprimirle el corazón.

Es… Aterrador.

Cuando la película fue terminada, Grau se lanzó en una pródiga campaña de prensa para anunciarla, utilizando muchas de sus propias ilustraciones, lo que en aquella época podía funcionar como stills o pósters.

Se estrenó el 4 de marzo de 1922 en el Salón de Mármol del Jardín Zoológico de Berlín. A las personas que asistieron se les invitó a llegar con disfraces de la época Biedermeier, y la proyección fue seguida por una mascarada que se prolongó hasta las dos de la madrugada. Aunque, sin duda, debió ser una de las mejores fiestas de la historia, en retrospectiva tal vez no fue muy inteligente.

Hasta ese momento, Florence Balcombe no sabía de la existencia de la película, pero cuando las noticias de semejante evento le llegaron, arremetió contra los productores esta “adaptación libre” con todas sus fuerzas. Y no es difícil comprender por qué sintió que estos cineastas alemanes se aprovechaban de su patrimonio, sin pedirle permiso ni pagarle por los derechos, y que era su deber luchar para protegerlos.

Para 1925, Florence había ganado la batalla legal, y su victoria derribó todos los proyectos y sueños de la productora rival. Los realizadores no sólo debían pagarle una fortuna, sino que se ordenó la destrucción de todas las copias y negativos de Nosferatu.

Grau eligió declarar bancarrota y con eso llegó el fin de Prana-Films.

Nosferatu fue su primera y última película.

Sin embargo, en lo que ahora solo puedo entender como un pequeño milagro, para ese momento algunas copias de la película ya habían salido de Europa y encontrado refugio en los rincones del mundo. Estados Unidos tuvo su primera proyección de Nosferatu en 1929, y con el paso de las décadas, a partir del material original y de retazos encontrados aquí y allá, la película fue rearmada y preservada.

Hoy es tan influyente como Drácula, al mismo tiempo que sigue siendo única en su especie.

A diferencia de su padre literario, tristemente corrompido por la avalancha de clichés y parodias que mencionó Roger Ebert, Nosferatu es una obra que parece inmune a la ruina del tiempo, incluso con grandes reinterpretaciones como el remake de Werner Herzog, que tal vez merezca su propio artículo en otra ocasión.

Estas reinterpretaciones, más que tergiversar las ideas o el valor de la película original, más bien parecen tener como objetivo el reforzamiento de los mismos.

Con el nuevo milenio llegó uno de los homenajes más interesantes: La sombra del vampiro, dirigida por E. Elias Merhige y protagonizada por Willem Dafoe como Max Schreck, John Malkovich como F. W. Murnau, y Udo Kier como Albin Grau, y nos ubica en una línea temporal paralela, donde los rumores sobre la naturaleza vampírica de Schreck son ciertos.

Más recientemente, Robert Eggers ha tanteado la posibilidad de dirigir su propia versión, y si hay un director actual que puede con la tarea, ciertamente es él. Pero es interesante notar cómo el propio Eggers reconoce el valor innegable de la original, hasta el punto de afirmar: “Tal vez Nosferatu no necesita ser hecha de nuevo, a pesar de que he pasado mucho tiempo en ello”.

Hay algo muy cierto en sus palabras: Nosferatu realmente no necesita ser hecha de nuevo, por el simple motivo de que fue salvada.

Así es la historia de la primera película de vampiros. Si ha sido tan influyente (como para incluso aparecer en un episodio de Bob Esponja), tal vez sea por cómo logra capturar la esencia del terror con poesía y belleza, valiéndose de una atmosfera opresiva y ansiosa, basada más en la anticipación y la incertidumbre que en jumpscares esporádicos, porque el terror, según lo entiendo, no es simplemente un susto impactante y súbito, sino la pasiva sensación de temor que surge al pensar en él, o algo como él, esperando pacientemente afuera de nuestra puerta, cuando son altas horas de la noche y queremos ir a la cocina o al baño.

O, en otras palabras, al hacer uso de la oscuridad en una manera que Albin Grau parecía entender muy bien cuando dijo:

“En una película, la sombra es más importante que la luz. El cine es el idioma de las sombras. A través de las sombras, las fuerzas ocultas y oscuras se vuelven visibles”.

Actualmente, el “cine mudo” suele sufrir del olvido y desinterés por parte de muchas personas, y aunque es comprensible, también es una lástima. Las películas silenciosas no solo poseen una grandeza y hermosura que no pudieron ser replicadas en ninguna otra época, sino que aproximadamente un 80% de toda la producción cinematográfica hecha antes de 1930 está perdida.

Nosferatu sobrevivió.

Hay una escena en La sombra del vampiro, cuando el personaje de Murnau habla con Greta Schröder para convencerla de participar en su película en vez de seguir en el teatro. Greta apunta la cámara de Murnau y dice: “El público de un teatro me da vida, mientras que esta cosa sólo me la quita”.

Es una metáfora interesante, que sitúa a la cámara, y al cine mismo, en la posición de ser otra especie de vampiro: Consume vidas, las atrapa y, aunque en sí mismo no está vivo, perdura a través de los tiempos, a pesar de que todas las personas que participaron en su creación ya no existan.

Algo así ha sucedido con Nosferatu.

Uno de los pocos tesoros en ser preservados fue este maravilloso experimento, fruto del trabajo de un director obsesivo, un ocultista vuelto productor y un enigmático actor, y aunque hubo quienes quisieron destruirla, aquí estamos, cien años y veinte días después, tenemos la suerte de poder verla en su totalidad cuando casi todas sus contemporáneas se han perdido para siempre.

Hoy está en el inmenso erial que es el internet, y con eso, ya no queda ninguna duda: Ha alcanzado la verdadera inmortalidad. Podemos encontrarla, sin ningún costo, con una simple búsqueda en YouTube, y disfrutarla tal y como merece una película tan grandiosa que el mundo y la historia no le permitieron desaparecer.

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